domingo, 3 de noviembre de 2013

Atada a tu pasado (Andrómeda II) Capítulo 1

1
Hannah Havens


La vida me dio una segunda oportunidad.
Catorce días habían pasado desde que me interpuse entre la bala y Brian, catorce días en los que me recuperé satisfactoriamente.
No me arrepentía en lo absoluto de mi acción.
Y si lo pensaba con el corazón en la mano, lo volvería a hacer, eso sí, el dolor estaba garantizado, un dolor como si de repente te arrancaran de un impulso, partes de tu cuerpo sin contemplar que rabiarías de dolor. Al quinto día el médico al final me dio permiso para que pudiese caminar, los calmantes hacían su trabajo y a ratos sólo me dolía, notaba de vez en cuando la tirantez de la herida en mi interior, pero dentro de lo que cabía estaba viva. La herida por fuera estaba cerrada gracias al laser dax, un aparato tecnológico único, el cual no dejaba la herida abierta, reconstruyendo los tejidos de la piel. Ya no era necesario que se cosiera, o que se quedara abierta, ahora la ley de los médicos decretaba que toda herida debía ser cerrada (pocos casos existían que quedara abierta o que se cosiera en el caso extremo), y que cicatrizara solo por dentro. Tan solo veía una muy fina línea blanquecina en mi vientre que apenas era visible. Otra cicatriz en mi cuerpo; aunque ya tenía dos cicatrices, ésta no me importaba tenerla porque había sido por amor, no era un lamento perpetuo.
Pero algo iba mal. No sabía qué era, y eso me tenía inquieta. Brian no se separó de mí en ninguno de los días que estuve en el hospital militar; Jade, una gran amiga, tampoco; y menos Ted. Me reprendieron, bueno, en realidad Jade fue la que me reprendió al haber estado a punto de morir. Tenía gracia, porque después sólo fueron abrazos y besos, alegrándose de que estuviera en el mundo de los vivos.
Gran sorpresa la mía, cuando recibí la visita de Isabel Lincoln y en lo exacto me expresó: <<Se lo dije>>. Qué mujer más fría. Recién operada y no tenía otra cosa que decirme que eso, que en lo más mínimo me importaba, porque nunca le haría caso en lo referente a su consejo de separarme de Brian. Axel y Miriam también estuvieron rondando el hospital, pero las palabras que crucé con ellos se pudieron contar con los dedos, ya que Brian no quería mucho por mi habitación a ese tal Axel, estaba segura de que no se llevaban muy bien ellos dos, sus miradas eran de resentimiento, al menos por parte de Axel cuando lo miraba a él. Y Miriam, qué podía decir de ella, no la conocía para juzgarla pero me encantaría saber por qué tenía conmigo esos aires de superioridad cuando no nos conocíamos de nada.
Aun así, seguía pensando que algo iba mal. Y no quería pensar que el problema era mi chico.
Serán imaginaciones mías. Pensé, perdiendo el número que llevaba en mi cabeza desde ese presentimiento.
Recordé el día del disparo con algo de desconcierto, encontrándose mi vida pendiendo de un hilo.

Me aferré a la vida con toda la vitalidad que tenía, con la poca que sentía, no quería dejar todavía la que tenía… porque entonces estaría dejando solo al hombre de mi vida. Luché contra el dolor que me seguía aún desgarrando. Grité, supliqué, llamé a Brian, yo había escuchado cómo me decía unas palabras que mi mente ahora no quería que las sintiera con fluidez.
Luego no sentí nada, fue como flotar en el aire, no podía moverme, no podía abrir los ojos, no podía sentir ninguna extremidad de mi cuerpo. ¿Estaba ya muerta?, ¿me había dejado vencer tan fácil? No, no quería, tenía que vivir. Ahora tenía una vida que vivir, porque alguien todos los días despertaba a mi lado bajo una sonrisa dulce, esperándome.
No podía abandonar esta vida.
Quiero vivir. Pensé ahogada, asustada, sintiéndome prisionera de la muerte, al no sentir nada.
Una oscuridad quería abrazarme, me quería llevar, percibía su frío, su soledad eterna, no era agradable, era doloroso y te hacía sentir endeble para llevarte antes con ella. No quería que lucharas, para que su trabajo fuera más factible.
Pero conmigo se había equivocado. Estaba segura de que si esto me hubiese pasado en otra circunstancia, me dejaría llevar, incluso me hubiera gustado que la muerte me aclamara, hubiese sido muy fácil hacerlo para esa vida que estaba llevando llena de tortura emocional, en el mundo de los vivos. Siempre pensé que nunca sería feliz, cada hombre que se acercaba lo rechazaba sin darle oportunidad de conocerlo porque no me sentía segura de mí misma. Quería hacerme la fuerte demostrando una Hannah segura, pero por dentro no lo era, tenía cicatrices incurables y por fuera tenía otra que siempre quise ocultar, me sentía mal cada vez que me miraba al espejo, me desmoronaba por completo... Hasta que llegó Brian.
Él hizo que me amara. Con él todo fue tan fácil, tan llevadero, era cerrar los ojos y transportarme a un mundo inexistente para el resto de los humanos, sólo estaba él, siempre esperándome con una sonrisa agradable en sus labios.
Y así quería que fuera por el resto de nuestras vidas.
Juntos podríamos superar nuestros pasados tormentosos, juntos podríamos contra todo el que quisiera hacernos daño. Lo amaba con todo mi ser y por él volvía a la vida.
No sé qué pasó en un momento dado de mi cruce hacia la vida o hacia la muerte, pero esa espesa oscuridad fue desapareciendo a mi alrededor, al no dejar de pensar con energía en aferrarme a la vida. Se alejó y con ella, se llevó el dolor que me desgarraba.
Volví a la vida.
Calma, sólo noté una agradable calma.
Sentí mi cuerpo pesado y mi mente aún estaba nublada de pensamientos incoherentes que nada más me hacían sentir desconcertada. Gemí moviendo los labios, pero por completo los sentía pesados, abrir la boca fue imposible, era como si tuviera algo pesado haciendo presión encima. Siendo extraño, no me dolía alguna parte concreta de mi cuerpo, supuestamente debido a los calmantes administrados que me habrían echo efecto. Debió de haberme salvado una persona cualificada, un médico o alguien parecido, era lo que podía pensar si me sentía así. Ahora lo único que me martillaba la cabeza era la viva imagen de Brian suplicándome que no lo abandonara en esa nave terrenal, y sólo recordarlo, me hizo daño.
Me costó muchísimos segundos abrir los ojos de nuevo, al mundo de los vivos.
Primero tuve la visión distorsionada, algo que me agobió en un momento, pero no me puse nerviosa porque sabía que tarde o temprano vería bien… moviendo la mirada poco a poco, visualicé el entorno de una habitación de paredes blancas. La visibilidad fue mejorando al igual que mi mente desconcertada y bajando la vista, me encontré con la clara mirada de Brian.
Mil emociones inundaron mi corazón de sólo verle, aquí, de una pieza. Verle vivo era lo único que me importaba. Sonreí, pese a sentir muy poco mis sensaciones. Una de sus manos estaba unida a la mía, haciendo una leve caricia con su pulgar sobre mi palma. Su rostro demacrado, totalmente apagado, me apretujó el corazón haciéndome adivinar cuánto habría sufrido el tiempo que había estado inconsciente, debatiéndome entre la vida y la muerte.
Tragué saliva resintiéndome de la garganta.
—Hola —dije con fragilidad.
—Hola, mi ángel —percibí su voz lastimada.
Retuve un gran llanto en mis ojos de sólo sentir el daño que le había causado. Nunca Brian y yo habíamos tenido silencios que se rellenaban de incomodidad, que recordara, sólo cuando nos conocimos, antes de que me entregase a él.
Entonces, presentí que este silencio no sería el único a partir de ahora.
Quise apartar ese estúpido pensamiento.
—¿Sabes que está prohibido traspasar la aureola sin permiso del médico?
Relució la escasez de una sonrisa. Estuve aliviada de verle sonreír.
—Ningún maldito médico me separará de ti en estos momentos.
Dios, cómo me vencía a veces su dominación ante cualquier adversidad que quisiera separarnos. De nuevo se calló y no me gustaba, porque sus ojos tan fijos en mí, daban claros indicios de muchas cosas. El que más noté, fue que tendría demasiadas ganas de enfadarse conmigo. Hasta yo lo haría. Y ante otro estrujamiento en mi corazón de pensar en el daño causado, no aguanté, brotando una lágrima de mis ojos.
—Brian, yo…
—No —se levantó rápido inclinándose hacia mí con el más extremo cuidado, traspasando toda la aureola y despejando mi tonta lágrima con una ternura que sólo él tenía—. No digas nada. Estoy ansioso de preocupación por si te duele algo, alguna parte de tu cuerpo… por… si te duele la herida.
Expresaba tan tirante, posando sus labios en mi frente.
Negué en un gesto.
—Debo de tener demasiados calmantes porque no me duele nada.
Bajó su rostro enmascarándolo tierno, sonriéndome mientras me acariciaba los pómulos.
—Me alegra oírlo.
Y me besó. Ansiada de necesitar más contacto, rodeé mis brazos a su cuello intentando que intensificara el beso, pero sólo me besaba con un movimiento prudente, de los que a mí no me atraían nada, tras haber probado los que eran sus besos intensos. Jadeé y gruñí molesta aferrando mis manos por su pelo, lo que hizo que se tensara intentando retenerse a su voluntad. ¿Cómo era posible que sintiera que había estado tiempo sin besarme? Como si hubieran sido unos años agónicos y largos en los que había perdido el sabor de los besos. ¿Rozar la muerte te hacía sentir eso?
Brian tuvo que detener el beso, ya que hizo que la estúpida marcación de mis pulsaciones se pusieran por las nubes y comenzó a pitar observándose claramente que subían, en la pantalla virtual azul en la pared.
Con mirada oscura aún, me acarició el labio inferior con su dedo pulgar.
—No querrás que venga el médico y me regañe por estar abusando en besos a la paciente.
Me fascinaba ese toque humorístico cuando lo ponía.
—Tú tienes preferencia para abusar de mí, soy tu chica.
Cerró un momento los ojos ladeando el rostro ante algún pensamiento que cruzaría por su mente.
—Brian, no te sientas culpable —le solté de golpe y firme.
Sus ojos brillaron con más oscuridad mirándome.
—No me siento culpable.
Se levantó de la camilla dejándome sola en ella y posó sus labios en mi cabeza inspirando aire.
—Pero esto no va a ocurrir más.
Fueron tan reales sus palabras que estremecieron mi alma, todo mi ser. Pensé que ahora sí que sacaría al Brian que me reprocharía lo que hice. Y lo esperé, es más, estaba dispuesta a suplicarle perdón de todas las formas posibles.
Pero no llegó.

Desde ese momento tuve mi primer presentimiento malo entre él y yo.
Estuvo conmigo las veinticuatro horas del día sin despegarse de mi lado, incluso discutió con el médico al dormir en la habitación sin importarle a penas ese sofá incómodo cerca de la ventana. Cuando abría los ojos me encontraba con su mirada seria y responsable mirándome, preguntándome cuánto habría dormido al verle marcadas las ojeras en el contorno de sus ojos y observando su barba nada cuidada. No quería pensar que comía poco, aunque a mí me obligaba a comer esa asquerosa comida del hospital y no se movía de mi lado. Incluso habló largo y tendido con el médico, y lo convenció para trasladarme a Londres (A).
Tan cuidadoso en ese sentido.
Quería seguir cuidándome pero desde su apartamento en el edificio Infinity. Apartamento del que por cierto, quedé gratamente alucinada por su magnitud de lujo, en algunos momentos, se me olvidaba lo millonario que era Brian al ser un soldado.
Resoplé cuando aún por quinta vez le dije:
—Brian, tengo pies, puedo caminar.
—Mi obligación es que no te lastimes más —me respondió hosco.
Vaya, menuda indirecta. Pensé sin creerlo. ¿Qué le ocurría? Sacudí la cabeza porque con él discutir, era un cero a la izquierda.
Entramos en una espaciosa recepción elegante y sofisticada. Un hombre de traje asintió con la cabeza hacia Brian como dándole la bienvenida y mirándome raro a mí, preguntándose seguramente por qué me llevaría en brazos Brian. Eso me hizo sentir mucha vergüenza ruborizándome, mira que le había dicho que tenía pies y que podía caminar, pero él todo cabezón no me dejaba. Dos personas ancianas bien refinadas se nos quedaron mirando cuando Brian se disponía a entrar al ascensor de color plateado. Escondí mi rostro en su camisa perfumada tan embriagadora donde siempre encontraba el oasis de mi perdición, sintiendo aún mayor vergüenza de que se nos quedaran mirando y murmurando. Brian sonrió por mi rubor. Pulsó dejando su huella dactilar en un aparato dentro del ascensor y comenzó a subir a su planta correspondiente.
El ascensor. Pensé melosa de deseo. Qué recuerdos me traía. No se parecía nada al de empresas Devon, pero mi mente perversa quería regalarle a Brian algo que seguro fue lo primero que quiso de mí. Hacerme el amor en el ascensor. Lamentablemente, ahora no podríamos por mi estúpida herida que sólo cicatrizaba por dentro, porque por fuera ya estaba por completo sanada debido al dax.
Brian me cuidaba como si fuera una flor delicada que necesitaba de sus cuidados para que no se marchitase. Lo agradecía, me fascinaba incluso, pero a veces me sentía asfixiada con tantos cuidados.
Hice sonidos provocadores en su cuello dándole pequeños mordisquitos, sentí su tensión automática tragando saliva.
—Aquí no, Hannah —susurró para otro lado evitando mis caricias.
Quedé en el desconcierto.
Esto ya no me estaba gustando. ¿Desde cuándo me decía que no?
Las puertas del ascensor se abrieron y pasamos a un vestíbulo bastante distinguido donde sólo se ubicaba una puerta, la cual Brian abrió y dio paso a un pasillo largo que llegaba conectando con un salón extenso y elegante. No estaba mal el apartamento y no quería pensar más de la cuenta sobre cuánto le había costado este lujo.
—Bienvenido a casa, señor Grace.
Jadeé asustada cuando de repente apareció delante nuestro un holograma mujer muy personificado. Estaba acostumbrada a ellos, pero no cuando aparecían de repente y en silencio.
—La temperatura del apartamento es estable. Y hoy lloverá por la tarde, alrededor de la siete. Cero mensajes, cero llamadas, tanto virtuales como comunes.
—Hola Isis. Gracias por la información de siempre programada.
Ella me miró.
—¿Y la señorita acompañante?
—Es… se quedará conmigo, Isis. Así que si ella desea que la atiendas debes obedecerla.
—Como ordene el señor.
—Puedes desconectarte por ahora, Isis.
—A la orden.
Y desapareció sin más. Pude darme cuenta que había sensores de franjas azules de movimiento en lo alto de las paredes del apartamento. En cualquier zona con esas franjas, aparecería esa tal Isis. ¿Quién a estas alturas no tenía un hombre o una mujer holograma para su cómoda vida?
—¿Isis? —le pregunté y al instante caí en la cuenta de que si decía su nombre en alto aparecería, pero no lo hizo. Recibió la orden de Brian de desconectarse y así lo hizo. Claro, hasta nueva orden.
—Me gusta ser precavido con ciertos aspectos de la seguridad.
—Ya. ¿Y por qué mujer? —sonreí.
No eran celos. Quién lo estaría de un holograma. Era curiosidad.
—Estudios dicen que es más agradable la voz de mujer. Y tienen razón. Y preferí a Isis por eso. A cualquier parte del mundo que vayamos, está si la programo en esa casa.
Cambié de tema.
—¿Y mis cosas?
—Iremos por ellas mañana. De momento no saldremos por precaución.
Me entró un escalofrío.
Esa <<precaución>> se debía a Igor, que ahora más que nunca iría por Brian, y si mal no lo pensaba, a través de mí querría hacerle daño. De algún modo, me sentía culpable, parte de la operación para capturar a Igor se vino abajo por mi culpa, por no ser comunicativa con mi chico y avisarle de la supuesta mentira del secuestro de mi madre y que John quería extorsionarme. Y lo pagué muy caro. Tenía el presentimiento de que los peces gordos de la C.I.A. le habían echado la culpa a Brian. Debían haber hablado conmigo, pero claro…, los peces gordos nunca hablaban con una civil ciudadana. ¡Me quemaban la sangre!
Entró conmigo en un dormitorio grandioso de tonalidades modernas observando una terraza y una puerta más, que seguramente sería el baño.
—¿De quién es este dormitorio? —dije fascinada.
—Mío, quiero que estés lo más cómoda posible.
Sus palabras me derritieron en el más profundo amor que sentía por él, cada vez más fuerte.
Me dejó en la cama siendo cuidadoso. Repentinamente, lo empujé contra mí ansiosa de más tacto y gracias a Dios no rehusó mi beso. Aferré mis manos a su pelo en señal de que quería que se subiera encima de mí. Maldita sea, no me dolía nada y estaba ansiosa como una leona porque Brian me hiciera el amor. Catorce días eran demasiados, una eternidad. Gimió en mis labios como reteniéndose a su voluntad, benditamente su mano viajó por mi pecho anhelando también tocarme, dejando su cuerpo sentado en la cama mientras mi cabeza descansaba en el cabecero. Desde el primer beso en el hospital militar, cada uno de los que me fue dando día a día, los sentí distintos, como reacios, como si en verdad en el fondo, no quisiera besarme.
—Jade y Ted estarán al venir. Duerme un rato —besó mi frente marchándose y cerrando la puerta.
Me dejó con la boca abierta después del beso y no reaccioné hasta pasados unos segundos en los cuales me sentí sulfurada tirando un cojín gris al suelo.
—Pues de esta noche no pasas —susurré para mí.
La herida me dio un pequeño dolor por dentro.
—Auu —me la toqué por encima de la ropa que me había prestado Jade. Ya veríamos cómo lidiar con la herida, pero de que esta noche me hacía el amor, me lo hacía.
********************
Llegada la noche, cené en el dormitorio una comida apetitosa que me había preparado mi receptivo chico, el cual se alejaba lo más posible de mí porque sabía que si se acercaba de más, lo besaría y él tan fiel no me rechazaría, nunca pudo hacerlo.
Era un buen punto a mi favor. El más grande de los puntos.
Jade me visitó un rato y después se marchó a la planta inferior, ya que el apartamento de Brian se conectaba con dos plantas.
—Espera, deja que te ayude —se apresuró a venir Brian cuando salió del baño y por mi parte intentaba sacarme la ropa para meterme en una de sus camisetas de dormir.
—No soy una niña —reproché haciendo pucheros.
Torció una sonrisa.
—Eso es verdad. Eres toda una mujer.
Subió por mi cuerpo un torrencial de excitaciones por ese cumplido. Con delicadeza, fue ayudándome a poner uno de sus tantos pijamas. Adoraba que durmiera sólo con el pantalón haciéndome disfrutar de esa portentosa musculación y dándome una doble satisfacción.
Relamí mis labios cuando se metió en su lado de la cama acomodándose. Esperé a que me mirara pero a medida que se iba acomodando, no lo hacía, comportándose de diferente manera.
Vaya, voy a tener que empezar yo. Pensé.
Inhaló aire levantando su mirada. Me cortó las palabras que quería decir al hablar él.
—Hannah, tenemos que hablar.
Su mirada me trasmitía seriedad.
—¿Hablar? —renegué por dentro. Oh no, yo no quería hablar. Me deslicé más cerca chocando nuestras piernas con seducción. Hice con mi dedo índice un círculo sobre su vientre duro.
—Yo no quiero hablar y lo sabes.
—Pero es importante —cortó su respiración observando cómo deslizaba mi dedo viajando más abajo de su cintura.
Rápidamente me cogió la mano y me la besó para que no entrara en contacto con su miembro. Me dio la sensación de que estaba evitando el sexo a toda costa.
—Duérmete, Ann —me dijo suave.
Me devolvió mi mano como si nada. ¿Quién de los dos sostenía una actividad sexual potente?, porque no creía que Brian me estuviera rechazando. Se me hizo un nudo en el estómago, de ésos en los que la angustia te amargaba la noche. Ah no, pues iba listo.
—¡Brian!
Como pude, me puse encima de él rápidamente.
—Hann…
Le tapé la boca con mi mano, sus ojos parecían asustados porque yo estuviera encima de él. Pensé que tal vez no le gustaría, que él siempre querría dominar en la cama lo cual me gustaba y me dejaba llevar, pero por unos segundos lo tenía que incitar, y si tenía que ser yo la dominante y usar las armas de mujer, las usaría.
Mordí mi labio inferior y después besé su cuello.
—Hazme el amor, Brian. Lo necesito, necesito tu cuerpo contra el mío.
—Acabas de salir del hospital. Y tu herida está reciente.
—Oh, créeme, ella está de acuerdo en que me hagas el amor —le tiré en broma.
No pudo contener una risa divertida por mi ironía.
—Brian, te amo. Estoy bien. Y sé que serás delicado. Siempre lo fuiste y siempre lo serás.
Supe que al rozarme de arriba abajo contra su cuerpo implicaría que se excitara, que no soportase la presión que resistía a su voluntad.
—Oh, Ann…
Me gustaba la suave luz que atenuaba el dormitorio, dándonos un punto de intimidad y toque romántico. Daba gracias de que las cortinas estuviesen echadas delante de los ventanales. Seguí siendo mala moviéndome contra su cuerpo y gimiendo en sus labios.
Sabía que ante esto no se resistiría.
Un gutural gruñido salió de su garganta y en el desliz de nuestras miradas me volcó contra la cama delicadamente poniéndose encima. ¡Al fin! Pensaba que estaba teniendo un fallo en mis armas de mujer. Sus ansiosas manos viajaron por debajo de la camiseta de mi pijama anhelando tocarme. No sé qué esperaba a destrozar mi ropa y adentrarse, pero no quería presionarlo. Mordió mi labio inferior excitándome a niveles que nunca en la vida creí que alcanzaría jamás. Para mí, Brian fue una bendición de la vida, sabía que el karma me lo había dado por tantos años sufridos.
No, no pienses en Adolf. Pensé profundamente. Ese hombre no me perturbaría más, ya no me haría más daño en sueños y en la misma realidad. Mi protección residía en Brian, en sus brazos, los cuales me hacían sentir más viva que nunca.
Quería ver atardeceres, amaneceres… miles de ellos sólo con él.
Enterró sus manos en mi pelo dejando marcados sus besos en mi rostro, en mis labios, en mi pecho.
—Quítame el pantalón —expresé fogosa.
Asintió sin responderme, salvaje, pero dentro de lo delicado, mientras me besaba fue deslizando mi pantalón…
Jadeé no de placer, sino por culpa de la herida que me había vuelto a dar otro dolor menos agudo.
—¡Hannah! —se preocupó Brian quitándose de encima.
—No es nada —dije bajo el dolor respirando fuerte.
—Respira, tranquila. ¡Ves… mira lo que has conseguido! No hago más que hacerte daño.
Lo miré rara por sus palabras que no sabía cómo interpretarlas y su mirada rehusó mirarme mandándola a las sábanas.
—Es igual, vamos a intentarlo de nuevo —negué con la cabeza.
Antes de que pudiese hacer algo, sus manos se posaron en mis hombros impidiendo con su fuerza, que me moviera. Sus ojos parecían estrictos, como dando una severa orden con ellos.
—Hannah, duérmete. Quiero que te recuperes del todo y… —se detuvo sin valentía de seguir—. Nada, buenas noches.
Me besó en la frente y se acomodó poniendo su espalda contra mí para que no siguiera insistiendo.
Durante unos segundos me quedé helada. Mi cuerpo se fue dejando vulnerable y mi labio inferior tembló. Volví a mirar nostálgica la espalda de Brian, no se revolvió por más que me quedara en esa postura y él sabía que lo estaba mirando.
Aguanté llorar.
Mi mente comenzó a pensar que ya no le era atractivo mi cuerpo, que ya no le llamaba como antes, y eso me dejó tocada. Subí lo poco que había bajado los pantalones acomodándome en la cama, pero mirando su espalda rechazadora. Quería dormir al menos sobre su pecho, pero ahora temía pedírselo al menos. Mi mano ansiaba tocarle e incluso disculparme por haber sido una imprudente al echarse él la culpa de que la herida me mandara un inapropiado dolor tonto, que enseguida se me había pasado.
A ver tranquila, no es lo que piensas. Mañana hablas con él y ya está. Seguro que no es nada. Pensé en profundidad.
Por unos largos minutos me costó dormirme, lo que envidié de mi chico porque él si había conseguido dormirse. Por más que mi mente quiso entender su actitud, no logró hallar la causa de sus tantos rechazos. Y todo venía mal desde que desperté en el hospital… desde ese presentimiento.
No es nada, no es nada…
Fui repitiéndome esas palabras en mi cabeza hasta que me agoté de dolor, no físico por la herida, sino emocional.
********************
Detrás de mis parpados pude sentir la plena luz del día atravesando la estancia. Me removí tanteando el lado de Brian. Levanté el rostro asustada. No estaba. Era la primera vez que no lo encontraba conmigo tras despertarme.
El despertador tecnológico marcaba las 10:23 de la mañana.
Y otra vez emocionalmente me marchitó. Me acomodé en la cama suspirando, pero decidí salir de ella marchando hacia la puerta.
Buscándolo, lo encontré en el salón principal, estaba vestido con unos vaqueros azules y una camisa gris suelta de su cintura, supuse que ya llevaría despierto unas horas. Estaba mirando por el gran ventanal que cruzaba el salón y que daba a unas maravillosas vistas de la naturaleza de Londres (A), sus brazos los llevaba por detrás de la espalda dejando su figura recta, parecía mirar a la calle y estar sumido en sus pensamientos.
Pero me oyó venir al torcer un poquito el rostro, pese a que no se dio la vuelta para mirarme del todo.
—¿Por qué no me has despertado? —le pegunté por detrás.
—Quería que durmieras más. Lo necesitabas.
Siguió sin darse la vuelta y había percibido una voz que no me gustaba. Una voz que trasmitía sombras. Me estremecí. Sus manos estaban muy firmes, juntas, sin apenas moverse desde donde estaba, haciéndose un demoledor silencio entre los dos.
Le fruncí el ceño.
Bueno, ya estaba bien. Hasta aquí habíamos llegado. Ayer no me hizo el amor y ahora tenía esta actitud de muerto viviente. Ahora mismo iba a saber qué le pasaba. Abrí la boca pero él a destiempo se movió unos pasos siguiendo la trayectoria del ventanal.
Me acobardé de hablar y no supe por qué.
—Hannah, tenemos que hablar —siguió dándome la espalda bajo un tono duro.
Era la segunda vez que me lo decía tan serio. Tragué saliva.
—Eso es lo que te quería decir. Tenemos que hablar y mucho —me molestaba su actitud.
—Esto… no puede continuar… Ayer medité en que sería un error, pero lo de anoche me hizo comprobar que a mi lado sólo… —no pudo seguir o no quiso decir la palabra siguiente.
Esas palabras me dejaron en un mar de desconcierto donde sólo veía reinar un dolor perpetuo. Aparté ese estúpido pensamiento y me puse frente a él mirándolo asustada.
—¿Qué intentas decirme?
—No puedo seguir haciéndote daño. Sólo te causo dolor.
—¿Pero qué…? —puse un rostro de desconcierto.
Cada palabra era un retroceso en poder entenderle.
Sus ojos me miraron definitivamente y su mirada me dio un vuelco al corazón porque parecía apagada y decidida respecto a algo.
—No voy a seguir haciéndote daño. No cuando en mis manos está impedirlo.
Mi corazón se desbocó. Era una maldita desgracia saber por dónde iban sus palabras, porque mi mente ahora encajaba el puzzle de sus comportamientos en estos catorce días para mí algo infelices, por su de alguna manera frialdad. Cada parte de mi ser fue haciéndose débil y no pude detenerlo presintiendo que en esta conversación sólo y únicamente se arrastraría la palabra <<dolor>>.
Parpadeé unas veces mirando la estancia acobardada y con los ojos humedecidos. Intenté hablar pero no pude, porque me paralicé y sólo podía tener la boca abierta balbuceando escasamente.
—¿Me… me… estás dejando?
Por Dios, que mis pensamientos estuviesen mal, que lo estuviesen. Que me dijera que estaba loca por pensar así y me abrazara.
Necesitaba su abrazo.
Ladeó su rostro cerrando los ojos con tormento.
—Es lo mejor para ti —me confirmó.
—¿Lo mejor? —se me quebró la voz deslizándose la primera lágrima de muchas.
Evité que notara que la herida de nuevo me había dado una señal de dolor. Comencé a respirar deprisa por una impotencia que nacía de mi pecho haciéndose enorme, más que este espacio del salón donde él y yo estábamos y me ahogaba segundo tras segundo. Un padecimiento del que jamás me recuperaré, porque nunca se me pasó por la cabeza que me dejase.
—¿Desde cuándo tenías programado dejarme?
Levantó turbado su mirada en mí.
—No digas eso. No fue programado.
—¡No! —salté alterada—. El hombre al que amo me está dejando. Has tenido una actitud nefasta estos días, la cual no merecía por tu parte.
—Me sentía culpable, Hannah.
En toda esta oscuridad que nos cegaba, entendí su culpabilidad.
—Yo me puse entre esa bala y tú. No tendrías por qué sentirte culpable.
Sus ojos se volvieron sombríos al mirarme.
—¿Qué no? ¿Estás segura? No espero y ni creo que puedas sentir alguna vez lo que yo sentí en los momentos en que veía cómo tu vientre se ensangrentaba, cómo segundo tras segundo te ponías pálida, cómo en el hospital se te iba la vida y yo no podía hacer nada.
—¡No iba a dejar que murieras! —grité más alto que él.
—¡Y yo no pienso permitir que expongas más tu vida! Me siento el ser más miserable que existe sobre Dela. Fui un irresponsable y estoy pagando por mis actos —señaló rotundamente también con esfuerzo en sus palabras—. Y esa carta…, esa carta de despedida me mató.
¡La carta! Me había olvidado de ella.
—No puedo creer que me la escribieras.
—No sabía si volvería a verte, por eso lo hice —le juré.
—Me hiciste daño, Hannah, de esa manera tiraste todo lo nuestro. Me prometiste que no arriesgarías más tu vida, me diste tu palabra y me fallaste —me confesó abatido.
Perdí mi mirada unos segundos, mientras iban cayendo las lágrimas.
—Ya te has cansado de mí, es eso, ¿no? Ya no me amas. Ya te has saciado… ¿te quedaste satisfecho…?
Mi respiración iba a peor bajo un mar de lágrimas torrenciales. Su mirada, cambió a una de sorpresa, negando con la cabeza con rostro martirizado por mi estado.
—No, Hannah, me duele que pienses eso… —intentó acercarse.
Y como si estuviera recuperada del todo, me moví unos pasos hacia atrás muy bruscos, haciéndome un dolor más permanente en la herida.
—No te acerques —le amenacé unos pocos metros más alejados.
Le dolió mi rechazo llevando exasperado una mano a su pelo.
—Hannah…
—¡Vete a la mierda! —refuté.
—Comprendo que me odies. No esperaba otra cosa.
Mi corazón quedó totalmente destrozado y sabía que no me recuperaría, caminé hacia atrás sin pensar, chocando contra uno de los sofás que había en el salón, sintiendo el pecho subir y bajar inexorablemente con fuerza, temblándome las piernas sin poder sostenerme.
—Hannah, por favor, tranquilízate… —de nuevo intentó tocarme.
Lo rehusé como si fuera la misma peste.
—Fuera —susurré abatida.
Se quedó paralizado.
—¡Fuera! —le repetí sin pensar detenidamente dónde estaba, ya que me encontraba en un estado abatido.
—Te quiero lejos. No quiero volver a verte en la vida…
—¡Hannah, la herida, por Dios!
No le importaron mis repudios, sólo mis gritos histéricos. Simplemente se acercó cogiéndome de los brazos para tranquilizarme, pero su toque me ardió.
Si él sufría una mínima parte, ¿cómo creía que me sentía yo? No, no creía que estuviera sufriendo, no cuando él me estaba dejando abatida en un dolor del que no me repondría. Ahora comprendía la escena de anoche.
—Me has dejado y no entiendo por qué. Juntos hubiéramos podido con todo. Ahora todo será… será… —no pude pronunciar la palabra <<diferente>> bajo unos jadeos que salían de mi pecho estando asustada sobre una oscuridad que no quería volver a visitar ni pisar.
—Si sigues a mi lado te harán daño. Perdóname, Ann —me pidió abatido con sus ojos humedecidos y con una mirada llena de remordimiento.
De pronto, se escuchó el timbre del ascensor abriéndose sus puertas.
—¡Pero qué gritos son esos!, se oyen hasta abajo —expuso asustada Jade.
La miré abrumada.
—Jade —lloré abriendo mis brazos hacia ella para que viniera. Brian se distanció de mí con la cabeza agachada sin mirarme. Ted se acercó a él sin comprenderlo.
—¿Qué ha ocurrido? —se puso a mi lado Jade abrazándome y pidiéndome que me calmara, ya que no paraba de llorar hasta sufrir débiles espasmos de los que no te dejaban hablar.
Los dos miraron a Brian, que no quería levantar la mirada. Toqué a mi amiga temblando, agarrándome a ella.
—Me… me ha… —balbuceé—, me ha dejado.
Jade abrió los ojos impresionada, primero mirándome a mí y luego a Brian. Ted se pasó una mano por su nuca también con rostro de sorpresa mirando a su amigo.
—Hannah, tranquilízate, aunque la herida no esté abierta por fuera, por dentro aún cicatriza —me miró la herida.
Esa herida por dentro no era comparable con la emocional que estaba sintiendo. Me sentía perdida, sola… caminando por un desierto y sintiendo que no volvería a subir a flote bajo una soledad imperturbable.
Brian me miró alarmado.
—Vamos —lo agarró de los brazos Ted.
—No —dijo Brian sin apartar la mirada de mí.
—Brian, vamos —tiró de él porque se negaba a irse con Ted hacia otro lugar del apartamento.
Una vez que se marcharon (no supe a qué parte) me sentí peor llorando más desconsoladamente.
—¿Cómo ha podido hacérmelo?, ¡cómo! —miré a Jade.
Levantó una mano limpiando mis lágrimas llenas de padecimiento.
—No lo sé, amiga. No lo entiendo. Pensé que eráis felices. Pero presentía que algo así pasaría desde el hospital. Su comportamiento ya no fue el mismo desde ese balazo.
—Me duele… me duele el corazón —ahogué las palabras.
Jade puso un rostro también de sufrimiento.
—Todo se solucionará, Hannah. Ten fe. Ven, vamos a lavarte esa carita.
Me llevó con ella al baño del dormitorio.
No, ya era demasiado tarde.

Mi cuerpo, mi alma, mi mente y mi corazón… habían regresado de nuevo a los días tormentosos de mi pasado.

jueves, 4 de julio de 2013

Atada a tu alma (Andrómeda I) Introducción y capítulo 1 (+18)

Introducción

A finales del siglo XX la humanidad encontró un planeta autodestruido, dentro de la Vía Láctea, pero no fue hasta el 2.027 que pudo ser explorado científicamente, encontrándose hallazgos insaciables y avariciosos para el humano. Una raza extraterrestre, la cual ella misma se destruyó dejando una tecnología que pudo ser de utilidad para el humano en avanzar tres siglos de experiencia enriquecida. En 2.032 la NASA comunicó mundialmente que para el 2.036 habría una lluvia de meteoritos a la que bautizaron <<La Era Perdida>>, sin que pudiesen ser detenidos al ser miles y miles, dando datos específicos de que no dejarían de caer en la Tierra sobrepasando los más de 500 años. Hubo una salvación bajo esa mortal noticia que creó el caos durante meses entre religiones y el poder gobernado del mundo. Antes de terminar el año 2.032 y gracias a la tecnología hallada en el planeta que fue autodestruido por sus extraterrestres, los científicos de la NASA encontraron en la misma Vía Láctea un planeta al que bautizaron Dela. Tardaron más de dos años en evacuar el planeta Tierra antes del 2.036 haciendo colonizaciones a gran escala, aunque muchos humanos no quisieron ir al nuevo planeta alegando que no creían que esos meteoritos cayesen a la Tierra, pensando que al entrar en contacto con la atmósfera se autodestruirían o se volverían mucho más pequeños de lo que eran. Intentaron persuadir a esas últimas personas pero nada pudo hacerse contra su voluntad. Para la revelación de los habitantes que se salvarían en el nuevo planeta llamado Dela, se pudieron recoger imágenes en directo mediante vía satélite de los primeros meteoritos en caer a la Tierra, y así hasta pasar 500 años según las calculaciones meteóricas recogidas por los científicos.

En el año 2.335 aún los humanos continuaban viviendo en el planeta llamado Dela. Ya nada era igual que en anteriores siglos, el poder de los más poderosos había seguido creciendo y poca voz tenía el pueblo humano. Los humanos se dividían por rangos:

Humanos del rango 1 (alta sociedad).
Humanos del rango 2 (media sociedad).
Humanos del rango 3 (baja sociedad).

Evacuación de los humanos de la Tierra: 2.033-2.035.

Galaxia: Vía Láctea. Planeta Dela.

Descubrimiento del planeta Dela: 2.032.

Satélites en Dela: 1 Natural. Mismo satélite llamado (Luna) pero relativamente diferente al de la Tierra.

24 horas relativas girando en órbita Dela.

365 días en Dela, mismamente que la Tierra.

Respectivamente en Dela había cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Variaba la estación según los continentes.

Científicamente se demostró que Dela era una réplica exacta al planeta Tierra al girar a una misma estrella solar, con la misma cercanía, al tener una luna natural, la misma atmósfera, temperaturas… Salvo las formaciones de la tierra que eran diferentes al planeta Tierra.

Los países, las ciudades, los continentes… llevaban regrabados el nombre <<Artificial (A)>> para saber que solo eran unas réplicas del antiguo planeta Tierra que tuvieron que abandonar a causa de los meteoritos.
Habían pasado trescientos años desde que la humanidad abandonó la Tierra, la cual fue su tierra natal. Muchos aún seguían preguntándose si ese planeta se extinguió o parte planetaria pudo quedarse intacta. Los más poderosos de Dela no hablaban del planeta Tierra cuando alguien les formulaba una pregunta, simplemente ellos contestaban: <<Tuvimos suerte de encontrar este planeta al que bautizamos Dela>>.
¿Pero fue la suerte quien hizo que lo encontraran? ¿Fue casualidad que fuera exacta a la Tierra? ¿Quién habitó en realidad el planeta Dela? ¿Quiénes fueron sus verdaderos dueños? ¿Por qué cuando los humanos la habitaron, no hubo rastro de otros seres?

Esas preguntas, la humanidad continuaba formulándolas… y a día de hoy, seguían sin ser respondidas.
Todo comenzará con una historia del mundo Dela. Actualmente están en una Era denominada moderna tecnológica. Se calificó Dela al tener representaciones de la Tierra y la nueva tecnología.



1
Unos días antes de que Hannah fuera trasladada a Londres (A).
28 de Febrero de 2.335 d.C.
Brian Grace

Estar sentado frente al escritorio de mi despacho era aburrido y exageradamente monótono. Pero así debía de ser. Ser el jefe de tu empresa requería profesionalidad por mi parte. Aunque al menos una parte de mi vida volvería a mí tierra natal, aunque fuera incluso por eso…

Me eché sobre el respaldo de mi silla resoplando, girándome hacia los ventanales para ver Boston Artificial. <<Sí, Artificial>>, con ese segundo nombre se llamaban todas las ciudades mundiales al no estar verdaderamente en el planeta Tierra. Llevábamos más de trescientos años sin saber de la Tierra y si había existencia de vida. Ahora nos hallábamos en Dela, similar a una clonación del planeta Tierra, extraño pero cierto. La raza humana tuvo que ser evacuada en el 2.033 en adelante por la destrucción de esta. Alrededor del 2.032 hallaron un planeta perfecto y único como la Tierra. ¿Pero qué hicieron los humanos más poderosos? Yo lo sabía; muy pocos privilegiados lo sabían. No estaba de acuerdo con ello, nada de lo que hicieron les quitaba el sueño, no podía creer todavía que cuando pisaron por primera vez Dela hicieran…
Sonaron tres golpes en la puerta.

—Adelante.

Entró John, mi secretario, torpe como siempre. Al menos se peinaba bien, echándose a puñados la gomina. En dos palabra; un lameculos.

—Señor Grace aquí le traigo las personas que usted mismo decidirá para el traslado.

—¿Qué traslado? —me hice el sueco jugando con él.

El pobrecito se detuvo antes de llegar al escritorio mirándome pasmado por mi inesperada pregunta. Aguanté reírme, formando mi existente expresión de formalidad.

—Señor Grace, usted mismo me informó la semana pasada que le diese la lista del personal de la empresa.
Su tartamudeo era soportablemente patético.

—¡Anda! John dame eso —le hice gestos con la mano para que se adelantara, con una escasa sonrisa mediocre.

¿Por qué me encantaría burlarme tanto de él?

Soltó un débil bufido de alivio llegando como si de un despido se tratase. Miré la lista con desgana en el papel dl (denominados <<dl>> al ser tecnológicos), mientras mi secretario se había quedado quieto esperando nuevas órdenes. Y pensar que la mayoría de estas personas ni me había molestado en conocerlas. Llevaría tres hombres y tres mujeres según el personal que necesitaba la empresa en Londres (A). Y si de esas personas, cualquiera de ellas, por mínimos que fueran sus motivos no quisieran trasladarse, las despediría. ¡Encima que tendrán hogar propio corriendo por mi cuenta, no les quedaba de otra! Cogí el boli táctil observando una vez más los nombres. Seguramente la mayoría de estas personas por no decir <<son>>, serían tremendamente feas, tachablemente insociables, gordas y sobrepasarían los cuarenta.
Marqué aburrido tres hombres y dos mujeres con nombres antiguos. Para mí esto era un juego, la caja de la interrogación (como si de un concurso televisivo se tratase). ¿Qué personas se esconderían tras estos nombres?

Cuando iba a marcar la última mujer, mi mirada bajó dos nombres más, observando otro nombre, haciéndome sentir extraño, devastado por un sentimiento tenaz y lleno de confusiones que no me gustaron. Llamó mucho mi curiosidad. Hacía demasiado tiempo que la curiosidad no palpitaba en mi corazón y en otras anatomías de mi cuerpo loco.

—¿Quién es Hannah Havens?

John parpadeó unas veces antes de hablar.

—¿Quién señor?

Le señalé seriamente el nombre.

—¡Ah!, la señorita Hannah. Sí, trabaja con nosotros desde hace seis meses. El señor Medson vio bien meterla porque es una becaria en prácticas. Pero ella desea mucho trabajar en esta empresa, no dudo que quiera trasladarse.

Alcé las cejas incrédulo, dándome leves golpecitos en la barbilla con el boli táctil, imaginando lo fea que sería. Pero… ¿y si me equivocaba? ¿Por qué este presentimiento con esta mujer que ni conocía?

—¿Y está en…?

—En recursos de avances del laboratorio, es científica.

¡Científica! Pensé detenidamente en ella mirando su nombre unos segundos. Inhalé profundamente. ¿Por qué no? La marqué y le pasé el papel dl.

—Bien, señor —asintió y se marchó.

Hannah. Volví a pensar. Debía decir que casi nunca tenía presentimientos de extraña rareza, que inundaban mi corazón de dudas. Un dulce cosquilleo recorrió mi entrepierna. ¡Hey!, ¿qué te ocurre Brian? Pensé raro. Creo que nunca me había sentido de esta manera. Me había atraído un nombre. ¡Qué estupidez! Primera regla mía que siempre había llevado a cabo. Nunca saldré con alguna empleada de mi empresa, eso era de muy baja calaña, al menos por estos siglos en los que la sociedad se había vuelto petulante.

Pero… ¿por intentarlo que perdía?

Sonreí maliciosamente cogiendo mi Xperia d5, marcando.

Ted era para mí cercano al sentimiento de un hermano, leal y dispuesto hacer cualquier cosa por mí.

—¡Dime Brian! ¿Novedades? Si me llamas debe de ser eso.

—No amigo, me debes un favor.

—¡Ah!, claro. Dispara. ¿Qué quieres?

—Te voy a enviar un nombre completo de una mujer, investígala. Ya sabes; edad, si reside desde siempre en los Estados Unidos (A)… Pero no me envíes una foto si encuentras archivos de ella.

—¿Y eso? —espetó humorístico.

—Porque si es desagradable no quiero ni verla. Tengo curiosidad por su edad y esas cosas.

Oí la risa divertida de mi amigo.

—Quieres jugar con ella, ¿verdad?

—Así es.

—¡Ay!, amigo tu no cambias, pero ya sabes, cuidado no debe saber nada.

—No te anticipes a las jugadas que aún no he hecho nada. Si es horrible ni quiero verla en pintura. Pero bueno, intentaré no toparme mucho con ella en Londres (A) si fuera así.

—¿Al final vas?

—Sí, quieren que arregle asuntos allí, menos mal que tengo también montada mi empresa en Londres (A).

—Yo estoy por Asia (A).

—Pues ten cuidado con las asiáticas.

Se carcajeó de mi advertencia con segundas.

—Ya sabes que Jade me la cortaría en pedazos si le pusiese los cuernos. Pero no, nunca lo haría. Ella es mi compañera de viaje.

Puse los ojos en blanco.

—¡Qué cursi!

—¡Ay! Brian, espero que tú algún día la encuentres. No sabes que sentimiento nace por cada día tenerla a tu lado.

Traspasaba la línea que no quería que tocara, esa línea inescrutable para la oscuridad que me cegaba.

—Ted no quiero sermones, si quiero telenovelas me pongo a verlas y punto.

—De acuerdo hermano, paz. En un par de días te enviaré tu pedido exclusivo. Arrivederci.

Sonreí sacudiendo la cabeza a la misma vez que colgaba la llamada. Era un cabeza loca, igual que Jade. Ambos eran buenos compañeros y se merecían el uno al otro. No creía en el amor y no era por mí. Simplemente no creía y punto.

Eché nuevamente mi espalda contra la silla quedándome pensativo. Hacía ya dos meses largos que no jugaba con alguna mujer. Y si lo pensaba bien detenidamente, con <<mi>> trabajo no podía estar tranquilo y tener tiempo para saciar mi sed.

Tengo que saciarme y no sé cómo aún me controlo.

De verdad esto era un gran problema para mí. Dos meses era mi máximo récord sin llevarme una mujer a la cama. Si Hannah era la perfecta iría a por ella a saco. A las mujeres les encantaba los hombres ricos, guapos, seductores, que las sedujeran con facilidad y que prácticamente les pusieran el mundo a sus pies. De momento no me había topado con ningún rechazo, ni una podía resistirse.

Un pitido corto de mi Xperia d5 me sacó de mis pensamientos.

Puse atención en el mensaje muy concentrado.

*Ya sabes que tienes que hacer. Ni rastro de huellas.


Qué bien, me parecía que la diversión debía esperar al menos para Londres (A), aunque por desgracia allí estaría más ausente que aquí.